¿A quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna

 529304_343624255715710_213384891_nPedro le contestó: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»” (Jn 6,68-69) Que palabras tan ciertas ¿a quién iríamos? Esta pregunta que la hace el mismo Pedro a Jesús después de ver que muchos de los supuestos discípulos dejaron de seguirle.  ¿No sucede lo mismo en nuestras familias? Aquellos que estaban con nosotros ahora son arrastrados por otros intereses.  Los domingos solo lo ven como un día de descanso y recreación pero ya dejaron de seguir al Señor, ya no se interesan por asistir a Misa, no le hayan sabor a las cosas de Dios, no frecuentan los sacramentos, no participan en la vida de la Iglesia, no se involucran en las cosas del Señor.  Nuestros jóvenes y niños nos cuestionan y a veces no encontramos respuestas a sus preguntas, imponen sus gustos y sus ideales y reemplazan a Dios ¿para que venir a Misa? ¡Que aburrido!  ¿No hemos entendido como Pedro? que solo tú Señor tienes palabras de vida eterna.  Pregúntese ¿Cuántas veces le he fallado al Señor como esos discípulos y le he dejado de seguir? Si hiciéramos una encuesta ¿dónde creen que el mundo de hoy iría? No necesitamos ser expertos en la materia de la comunicación, solo basta ver en la televisión, o escuchar en la radio, ver afuera en las calles.  Hay drogadicción, pandillerismo, violaciones, guerras, hambre, pobreza, prostitución, narcotráfico, brujería, hechicería, enfermedad, vicios, pleitos.

seguir-em-frente_thumb[4][1]Y ¿cuándo acudimos al Señor? Algunos recurrimos al Dios botiquín, que lo busco en mi baño como píldora para calmar mis dolores, lo busco en mi baño solo cuando lo necesito.  Y esto sucede, porque no hemos recorrido el camino con Jesús, no hemos tenido un encuentro personal con él, él quiere habitar, tenemos esa pereza espiritual y no queremos caminar.  De hecho, la cultura de nuestra sociedad tampoco ayuda, hay tantos “drive-thru” para pedir lo que me complazca sin tener que bajar del auto, me da pereza inclusive de caminar físicamente, si somos de esos mucho más difícil será para nosotros caminar espiritualmente, emocionalmente y físicamente con el Señor.  Él nos lo dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y este ‘iríamos’ implica un caminar, el hacer un esfuerzo, el dejar que el viento del espíritu santo conduzca mi vida, ya que el “Caminar es un arte, porque si caminamos siempre deprisa nos cansamos y no podemos llegar al final, al final del camino. En cambio, si nos detenemos y no caminamos, ni siquiera llegamos al final. Caminar es precisamente el arte de mirar el horizonte, pensar adónde quiero ir, pero también soportar el cansancio del camino. Y muchas veces el camino es difícil, no es fácil. «Quiero ser fiel a este camino, pero no es fácil, escuchas: hay oscuridad, hay días de oscuridad, también días de fracaso, incluso alguna jornada de caída… uno cae, cae…». “Pero pensad siempre en esto: no tengáis miedo de los fracasos; no tengáis miedo de las caídas. En el arte de caminar lo que importa no es no caer, sino no «quedarse caídos». Levantarse pronto, inmediatamente, y seguir andando. Y esto es bello: esto es trabajar todos los días, esto es caminar humanamente. Pero también: es malo caminar solos, malo y aburrido. Caminar en comunidad, con los amigos, con quienes nos quieren: esto nos ayuda, nos ayuda a llegar precisamente a la meta a la que queremos llegar.”[1] Y ¿Cuál es esa meta?  La cruz, pero antes de hablar sobre la cruz quiero volver a recalcar el caminar en comunidad y les dejo otra historia con moraleja.

LA PARÁBOLA DEL MATRIMONIO

aguilaCuenta una vieja leyenda de los indios Sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

– Nos amamos – empezó el joven.

– Y nos vamos a casar – dijo ella.

– Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.

 Por favor, repitieron – ¿hay algo que podamos hacer? El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.

Hay algo, dijo el viejo después de una larga pausa -. Pero no sé…es una tarea muy difícil y sacrificada. No importa – dijeron los dos-. Lo que sea – ratificó Toro Bravo. Bien -dijo el brujo-. Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?

La joven asintió en silencio.

Y tú, Toro Bravo – siguió el brujo – deberás escalar la Montaña del Trueno; cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas y, solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta…¡salgan ahora!. Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur…. El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo las aves cazadas. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.

¿Volaban alto?- preguntó el brujo. Sí, sin duda. Como lo pediste… ¿y ahora? – preguntó el joven- ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre? No – dijo el viejo-.

Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne – propuso la joven-. No – repitió el viejo-. Harán lo que les digo: Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero solo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre si hasta lastimarse.

Este es el conjuro…Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados.

Medite

¿Me cuesta caminar? ¿Camino solo o con los demás? ¿Hay alguien a quien tengo atado y no he dejado volar?

“¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna”

Para nosotros los católicos este camino a la cruz que Jesús nos pide porque “tiene palabras de vida eterna” le pudiéramos llamar “Esperanza” es decir, esa virtud teologal que el Señor nos otorga como gracia para vivir y voltear la mirada fija al cielo como meta como la define el Catecismo de la Iglesia Católica es el “anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre” (no. 1818).  Y se me viene a la mente la película de Martin Sheen ‘The Way’ o el ‘Camino’ donde un reconocido oftalmólogo de California que un día recibe una llamada informándole de la muerte de su hijo, Daniel, en los Pirineos. Tom viaja a Europa para hacer todos los preparativos propios de una defunción pero, durante su estancia, descubre que Daniel estaba haciendo el Camino de Santiago y no pudo pasar de la primera etapa. Tom decide entonces ayudar a su difunto hijo a terminar el Camino de Santiago, llevando sus cenizas en una caja.

discipuloEl auténtico discípulo de Cristo reconoce que el camino es angosto pero si persevera y siempre con la gracia de Dios llegara a esa felicidad plena que solo Dios Nuestro Señor puede dar, donde las cargas de la vida propia se hacen ligeras, donde uno se mantiene optimista a pesar de las dificultades de la vida y no he permitido que nuestra esperanza desfallezca, donde uno aprende a no perder la paz de corazón y puede dar paz a los demás.  La misma vida de los santos atestiguan de esto, no fueron santos porque fueran perfectos y no tuvieran errores, al contrario son santos porque fueron imperfectos, débiles, con errores pero que aprendieron agarrarse de Dios y se dejaron suavizar por las caricias del Señor y lo hicieron vida propia.  Para muchos de los santos no fue fácil perseverar en el camino de conversión, ¿Cuántos de nosotros no tenemos el mismo desafío? La clave es la misma como lo fue para los santos y es de impulsarnos a cambiar, a convertirnos, a una radical conversión para ir al encuentro con Jesús.  Un discípulo de Cristo sin Cristo no es cristiano y mucho menos discípulo.  El discípulo auténtico tiene que aprender que para ir al encuentro con Cristo, tiene que dejarse alcanzar por Él, es dejarse transformar y configurar por Cristo con Cristo.  Es fijar nuestras miradas como el discípulo amado lo hizo al pie de la cruz, un Cristo sin cruz no es el mensaje de salvación.  Para muchos seguidores y cristianos que se dejan llevar por las cosas del mundo no han reflexionado sobre esto o se les ha olvidado la poca esencia de cristiano que llevaban consigo.  Por eso la belleza de nuestra Iglesia tiene crucifijos en cada una de sus parroquias, no porque seamos masoquistas y nos gusta ver a un Cristo muerto, al contrario para que NO se nos olvide que el amigo de Jesús tiene que recorrer este camino, un amor sin reservas, un amor radical, que tiene que aprender al igual que Jesús en la cruz a decir, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), tal vez me haga de enemigos durante el camino, tal vez no entiendan mi conversión, tal vez levanten mentiras y faltas en contra mía, tal vez me acusen de charlatán o de falso, tal vez…. pero al final tengo que hacer estas palabras del Señor mías “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, en pocas palabras mi corazón ha aprendido a no guardar rencor, a no cultivar odio hacia los demás.   Un discípulo de Cristo tiene que caminar con Cristo como los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 36) y dejarse transformar por él.  La mejor manera que yo conozco donde ocurre esa transformación es precisamente en el altar de la Iglesia, cuando uno se acerca a comulgar, a estar con él y en él.  Una vez que esto sucede, la persona tiene que vivir esta pasión…si así es, ser apasionado en las cosas del Señor porque esto ayuda a vivir la vida como Cristo, no solo hablar de Cristo sino hablar con Cristo, estar con Cristo, aprender a cargar la cruz porque es el único camino que conocemos que conduce a la salvación, Jesús necesita varios Simón Cirene, aquel que ayudo al Señor en su pasión cargar la cruz, no hay otro camino más que este, un amor completamente radical que cambia y me transforma, solo cuando aprendo a verle y me dejo crucificar con Él.  Esto es la esencia del cristiano, amor divino y asentimiento total a la voluntad del Padre y esto no es una obediencia ciega.  ¿Cuántos cristianos especialmente católicos necesitan reflexionar sobre esto?  Ese fue el objetivo y meta de los santos, y ¿no es nuestra misma meta? De recorrer el camino con Cristo, para llegar al Padre, encontrarlo, escucharlo, obedecerlo, conocerlo pero sobre todo adorarlo y amarle.  Si queremos ser discípulos de Cristo tenemos que salir al encuentro de Cristo, tenemos que salir de nuestras vidas propias y dejar transfigurar mi vida a la de Cristo y asi las palabras del poeta “El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada.” Un discípulo de Cristo, tiene que ser esa buena fragancia para los demás, tiene que dar testimonio de que Cristo vive en él/ella pero no solo de manera provisional, sino para SIEMPRE, ya que su amor y salvación por nosotros fue para SIEMPRE. “A quien iríamos, tú tienes palabras de vida eterna”.  Les comparto el siguiente cuento.

El Sueño de los tres árboles

Érase una vez, en la cumbre de una montaña, tres pequeños árboles amigos que soñaban en grande sobre lo que el futuro deparaba para ellos. El primer arbolito miró hacia las estrellas y dijo: “Yo quiero guardar tesoros. Quiero estar repleto de oro y de piedras preciosas. Yo seré el cofre de tesoros más hermoso del mundo”. El segundo arbolito observó el pequeño arroyo en su camino hacia el mar y dijo: “Yo quiero viajar a través de mares inmensos y llevar conmigo a reyes poderosos. Yo seré el barco más importante del mundo”. El tercer arbolito miró hacia el valle y vio a hombres agobiados de tantos infortunios, fruto de sus pecados y dijo: “Yo no quiero jamás dejar la cima de la montaña. Quiero crecer tan alto que cuando la gente del pueblo se detenga a mirarme, levanten su mirada al cielo y piensen en Dios. Yo seré el árbol más alto del mundo”.

Los años pasaron. Llovió, brilló el sol y los pequeños árboles se convirtieron en majestuosos cedros. Un día, tres leñadores subieron a la cumbre de la montaña. El primer leñador miró al primer árbol y dijo: “¡Qué árbol tan hermoso!”, y con la arremetida de su hacha el primer árbol cayó. “Ahora me deberán convertir en un cofre hermoso, voy a contener tesoros maravillosos”, dijo el primer árbol. Otro leñador miró al segundo árbol y dijo: “¡Este árbol es muy fuerte, es perfecto para mí!”. Y con la arremetida de su hacha, el segundo árbol cayó. “Ahora deberé navegar mares inmensos”, pensó el segundo árbol, “Deberé ser el barco más importante para los reyes más poderosos de la tierra”. El tercer árbol sintió su corazón hundirse de pena cuando el último leñador se fijó en él. El árbol se paró derecho y alto, apuntando al cielo. Pero el leñador ni siquiera miró hacia arriba, y dijo: “¡Cualquier árbol me servirá para lo que busco!”. Y con la arremetida de su hacha, el tercer árbol cayó.

El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo llevó al taller, pero pronto vino la tristeza. El carpintero lo convirtió en un pobre pesebre para alimentar a las bestias. Aquel árbol hermoso no fue cubierto con oro, ni contuvo piedras preciosas. Solo contenía pasto. El segundo árbol sonrió cuando el leñador lo llevó cerca de un embarcadero. Pero pronto se entristeció porque no era el mar sino un lago. No había por allí reyes sino pobres pescadores. En lugar de convertirse en el gran barco de sus sueños, hicieron del una simple barcaza de pesca, demasiado chica y débil para navegar en el océano. Allí quedó en el lago con los pobres pescadores que nada de importancia tienen para la historia. Pasó el tiempo. Una noche, brilló sobre el primer árbol la luz de una estrella dorada. Una joven puso a su hijo recién nacido en aquel humilde pesebre. “Yo quisiera haberle construido una hermosa cuna”, le dijo su esposo… La madre le apretó la mano y sonrió mientras la luz de la estrella alumbraba al niño que apaciblemente dormía sobre la paja y la tosca madera del pesebre. “El pesebre es hermoso” dijo ella y, de repente, el primer árbol comprendió que contenía el tesoro más grande del universo. Pasaron los años y una tarde, un gentil maestro de un pueblo vecino subió con unos pocos seguidores a bordo de la vieja barca de pesca. El maestro, agotado, se quedó dormido mientras el segundo árbol navegaba tranquilamente sobre el lago. De repente, una impresionante y aterradora tormenta se abatieron sobre ellos. El segundo árbol se llenó de temor pues las olas eran demasiado fuertes para la pobre barca en que se había convertido. A pesar de sus mejores esfuerzos, le faltaban las fuerzas para llevar a sus tripulantes seguros a la orilla. ¡Naufragaba!. ¡que gran pena, pues no servía ni para un lago!. Se sentía un verdadero fracaso. Así pensaba cuando el maestro, sereno, se levanta y, alzando su mano dio una orden: “calma”. Al instante, la tormenta le obedece y da lugar a un remanso de paz. De repente el segundo árbol, convertido en la barca de Pedro, supo que llevaba a bordo al rey del cielo, tierra y mares. El tercer árbol fue convertido en sendos leños que por muchos años fueron olvidados como escombros en un oscuro almacén militar. ¡Qué triste yacía en aquella penuria inútil, qué lejos le parecía su sueño de juventud! De repente un viernes en la mañana, unos hombres violentos tomaron bruscamente esos maderos. El tercer árbol se horrorizó al ser forzado sobre las espaldas de un inocente que había sido golpeado sin misericordia. Aquel pobre reo lo cargó, doloroso, por las calles ante la mirada de todos. Al fin llegaron a una loma fuera de la ciudad y allí le clavaron manos y pies.  Quedo colgado sobre los maderos del tercer árbol y, sin quejarse, solo rezaba a su Padre mientras su sangre se derramaba sobre los maderos. el tercer árbol se sintió avergonzado, pues no solo se sentía un fracasado, se sentía además cómplice de aquél crimen ignominioso. Se sentía tan vil como aquellos blasfemos ante la víctima levantada.

Pero el domingo en la mañana, cuando al brillar el sol, la tierra se estremeció bajo sus maderas, el tercer árbol comprendió que algo muy grande había ocurrido. De repente todo había cambiado. Sus leños bañados en sangre ahora refulgían como el sol. ¡Se llenó de felicidad y supo que era el árbol más valioso que había existido o existirá jamás pues aquel hombre era el rey de reyes y se valió de el para salvar al mundo![2]

Pídele al Señor que te de la paz que tanto anhelas, pídele que cambie tu corazón y pídele también que te de las fuerzas para que nunca lo abandones o lo dejes de seguir..

Oración Final

Misericordia

Ayúdame, Dios mío, por tu bondad
Perdóname por lo que he hecho mal, tú sabes cómo soy.
Yo sé que no miras lo que está mal, sino lo bueno que es posible.
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me das sabiduría.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me dejes vagar lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Enséñame a vivir la alegría profunda de tu salvación,
Hazme vibrar con espíritu generoso:
entonces mi vida anunciará tu grandeza,
enseñaré tus caminos a quienes están lejos,
los pecadores volverán a ti.
Hazme crecer, Dios,
Dios, Salvador mío,
y mi lengua cantará tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera ritos sólo por cumplir, no los querrías.
Lo que te ofrezco es un espíritu frágil;
un corazón quebrantado y pequeño,
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a tus hijos
haznos fuertes en tu presencia.
Entonces te ofreceremos lo que somos, tenemos, vivimos y soñamos, y estarás contento.

  • Desde el salmo 50[3]

 

[1] http://www.vatican.va/holy_father/francesco/speeches/2013/june/documents/papa-francesco_20130607_scuole-gesuiti_sp.html

[2] http://www.corazones.org/jesus/poesia/sueno_arboles.htm

[3] http://www.pastoralsj.org/