Dios“Este es mi mandamiento”

Comencemos pues partiendo del pasaje bíblico en el Evangelio de San Juan.

Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.  No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos,  y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando.  Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre.

El fallecido y santo chileno Padre Alberto Hurtado, SJ una vez pregunto “¿a quienes amar? Y contesto a todos mis hermanos de humanidad.  Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctimas.  Alegrarme de sus alegrías.” Y después pregunto “¿Qué significa amar? Amar es salvar y expansionar al hombre.”[1]  Es el mismo amor de Dios porque proviene de Dios ya que Dios es amor que hace que el corazón del hombre se ensanche.

Al escuchar estas palabras del evangelio el Señor Jesús es muy claro en lo que nos pide, si uno dijera bueno, el Señor nos ha dado tantas enseñanzas, están las parábolas, los milagros, los dichos, sus obras, perdonó a la mujer adúltera, resucito a Lázaro y a la hija de Nain, o la multiplicación de los dos pescados y cinco panes, tantas cosas que hoy se resumen en uno simple “que se amen unos a otros como yo los he amado” y ¿Cómo nos ha amado el Señor?

El Señor Jesus nos demostró su amor con un amor incomparable y único, totalmente se entregó por nosotros.  Así tenemos que amar al prójimo, hasta la entrega pero no siempre es así.  Mientras él nos ama con todo el corazón, nosotros muy apenas amamos al prójimo con una porción, o diríamos a nuestro modo de expresión, apenas.  Él perdona todas nuestras faltas, cubre todas nuestras miserias y repara todas nuestras fragilidades y nosotros muy apenas podemos cubrir nuestras fragilidades, muy apenas podemos reconocer nuestras faltas.  Y es precisamente uno de los  encantos del amor de Dios, saber que para ese amor nada de lo que llevamos en nuestro corazón es obstáculo.  ¡Cómo se dilata el corazón por la confianza, cómo descansa libre de toda preocupación con un amor así! Pues bien así debemos amar al prójimo, a pesar de su miseria, para que nuestra caridad sea un trasunto del amor que Nuestro Señor nos tiene.

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Pero a muchos se nos ha olvidado, sufrimos de amnesia espiritual, dejamos enfriar el primer amor como se narra en el libro del apocalipsis y esta amnesia está muy pero muy abrazada de una fuerte dosis de indiferencia.  ¡Ya no nos preocupamos por los demás! ¡Ya no hay responsabilidad fraterna! Se nos ha olvidado como llorar por el marginado, por el oprimido! Esta cultura que vivimos nos ha hecho insensibles a los gritos de los demás que nos hace vivir en pompas de jabón ¡Ya no me preocupo por las cosas de Dios! Solo me atraen los placeres de esta vida, siento una gran energía al estar en las fiestas, me gusta socializar, me gusta pasar horas en mi celular, me gusta todo esto del mundo virtual, me gusta el dinero, el poder, el control, me gusta la tentación, la avaricia, me gusta lo prohibido, soy de los que me gusta de todo hablar menos de Dios, soy de los que vivo como los demás, menos como Dios me pide, soy de los que cargo esta pereza espiritual pero soy indiferente y no hago nada al respecto, porque ya me es indiferente si me hablan los padrecitos o los diáconos de Dios porque me da igual.  La indiferencia me lleva al conformismo.  Hablo del amor de Dios pero yo mismo no lo siento, ¡Como se atreve Dios pedirme que ame a los demás! Pero su palabra taladra mis oídos, su palabra es tan fuerte que aunque haga oídos sordos me dice lo siguiente:

“El que no ama está en un estado de muerte. El que odia a su hermano es un asesino, y, como saben, ningún asesino tiene la vida eterna.” (1 Jn 3, 15)

Esta indiferencia lástima tanto y a veces es producido por la envidia, el celo o el orgullo.  ¿Cuántos de nosotros hemos sido participes de esto? ¿Cuántos de nosotros no hemos sido víctimas también de esto? Y aun así, Dios nos llama amigos y nos pide eso, que aprendamos amarlo a Él primero, porque es cuando amamos a Él que aprendemos a amar a nuestro prójimo, esto rompe toda indiferencia ante mi hermano.  Para poder ilustrar mi reflexión, les comparto la siguiente:

LAS TRES REJAS

Un joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice:

-Escucha, maestro. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…

-¡Espera! –lo interrumpe el filósofo- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

-¿Las tres rejas?

-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No. Lo oí comentar a unos vecinos.

-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme ¿es bueno para alguién?

-No, en realidad, no. Al contrario…

-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

-A decir verdad, no.

-Entonces –dijo el sabio sonriendo- si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.[2]

Desde mucho antes de que Nuestro Señor Jesucristo se encarnase, la Santísima Trinidad fuente del amor ya empapaba a esta creación de este gran amor que Dios tiene hacia nosotros, pero ahora se ha personificado, se ha hecho carne, ha habitado entre nosotros para que lo podamos sentir y vivir. Y aun así, no hemos entendido el amor de Dios.  ¿Cómo lo sé? porque una vez más, Satanás se ha infiltrado y ha traído su veneno del pecado en cada cosa y relación que tengamos, si alguna vez le has fallado a quien quieres sabes de qué te hablo. Entonces comprendes lo que es el dolor por las acciones. Entonces te das cuenta de lo humano que es el arrepentimiento. No sé, hoy en día hay muchas personas que siempre se reafirman en sus seguridades, no se arrepienten de nada, no lamentan nada…

Pero créame, si alguna vez hieres a quien te importa, por tu propio egoísmo, entonces entenderás lo que es el pecado, y lo que es la necesidad de perdón.  Pero hay que tener el valor de mirarse en un espejo interior, y pedir perdón por lo que se haya hecho mal. Pedir perdón con el compromiso de cambiar (o intentarlo).  Pedir perdón, porque sólo quien se siente reconciliado es capaz de acoger la limitación propia y ajena.

Estas reflexiones pueden ser personales pero también me dirigo a los matrimonios ¿Me esfuerzo para que crezca el amor entre los dos? ¿hay cariño, diálogo entre ambos, y responsabilidad compartida, o bien me preocupo sólo de mis cosas y me creo en el derecho de imponer siempre mis criterios? ¿Alimento mi matrimonio? O más bien ¿no hago nada para alimentar mi matrimonio? Con los hijos ¿Les dedico tiempo? ¿Les doy un buen testimonio de vida humana y cristiana? ¿Soy padre o madre de diálogo o simplemente impongo y no escucho? ¿he dado testimonio del amor de Dios en mi vida y hacia ellos? ¿Les he enseñado a compartir? Y si soy hijo ¿He dado gracias a Dios por mis padres a pesar de sus fallas y tal vez maltratos hacia mí? ¿Quiero a mis padres? ¿Les doy cariño y atención? En la familia ¿colaboro para que el clima familiar sea lo más positivo posible, de modo que todos podamos encontrarnos bien en casa? ¿Ayudo a los necesitados? En mi trabajo ¿soy solidario con los demás trabajadores, especialmente con los que están en peor situación que yo, o me desentiendo de los problemas colectivos? ¿Defiendo a los oprimidos? ¿Ayudo a los que lo pasan mal? ¿Me esfuerzo por corregir mis malas inclinaciones, como son el abuso en comer, fumar, gastar o beber u otro vicio parecido, o solo me preocupa mi satisfacción personal?

Son tantas las cosas que tenemos que reflexionar y es por eso es que necesitamos el desierto, porque es desprenderse de lo que me impide acercarme a Dios, y si no puedo acercarme a Dios como voy a sentir y vivir el amor de Dios, como voy a vivir ese mandamiento nuevo de que cuando alguien me hace una mala jugada, cuando alguien me da una puñalada por la espalda pensando que éramos amigos, como voy a vivir ese mandamiento nuevo si vivimos peleados como perros y gatos, pero el Señor Jesús me desafía, me incómoda, no me deja en paz, él es claro conmigo, simple y sencillo, me dice que  “no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”.

Al momento de hacer la oración final, te comparto un canto de reflexión para que te ayude en la meditación de lo que acabas de leer.

Oración Final

Tú me salvas

No te cansas de mí,

aunque a ratos

ni yo mismo me soporto.

No te rindes,

aunque tanto

me alejo, te ignoro, me pierdo.

No desistes,

que yo soy necio,

pero tú eres tenaz.

No te desentiendes de mí,

porque tu amor

puede más que los motivos

Tenme paciencia,

tú que no desesperas,

que al creer en mí

me abres los ojos

y las alas…

José Mª Rodríguez Olaizola, sj[3]

[1] http://www.sjmex.org/reflexiones/albertohurtado/urgido.pdf

[2]http://webs.ono.com/gsb/lastresrejas.html

[3] http://www.pastoralsj.org/