la envidia

Es una realidad que afecta al ser humano y ninguno esta exento de la envidia.  Existe y se vive dentro de la sociedad, y de una manera lastimosa y triste dentro de la propia Iglesia.  ¡Si así como acaba usted de leer y no es una novedad!, esto viene ocurriendo desde que el pecado entro a este mundo.  Pero ¿Qué es la envidia? La definición dada por la Real Academia Española es “deseo de algo que no se posee o tristeza/pesar del bien ajeno”, pero ¿Cómo lo define la Iglesia? He aquí lo que el Catecismo de la Iglesia Catolica establece:

2539 La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia” (ctech. 4,8). “De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad” (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540 La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

Durante mis años de experiencia pastoral me he encontrado con distintos grupos y ministerios que muy a menudo tienen que enfrentarse a esta realidad, la envidia.  Aquí doy algunos ejemplos para ilustrar mi argumentación “¿Cómo tu tan joven puedes tener todo esto?” o “¡Nunca podrás predicar o ser grande como el/la compañero(a) que lleva muchos años en esto!” o “¡Lo hiciste bien pero yo hubiera hecho!” o “¡Asi no es, Yo si se!” o el peor de todos “¡porque a el/ella si y a mi no!”.  Esto va en contra del propio evangelio y va en contra de la propia naturaleza de ser cristiano.  Como diría San Ignacio de Loyola “no es el modo de proceder”.  Lo peor de la envidia esta en que la misma persona o grupos que genera(n) este pecado capital esta(n) ciego(s)(as) ante su propio pecado, no reconoce(n) su error, no olvidemos las palabras de Jesucristo  “Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que hay en el tuyo?  ¿Y dices a tu hermano: Déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú un tronco en el tuyo?  Hipócrita, saca primero el tronco que tienes en tu ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano” (Mt 7, 3b-5).  ¿Y que tiene que ver esto con la evangelización?  Si yo mismo no hago un examen de conciencia sobre la percepción que la gente tiene de mi, de reconocer mis fallas y enmendarlas, entonces no he entendido que es la “nueva evangelización”, abrir la puerta a la gracia de la fe, abrir mi corazón a Jesucristo, pero no solo es reconocer y abrir sino preparar mi pre-disposición interior y dejarme transformar y cambiar en Jesucristo.  En pocas palabras, si no reconozco que la envidia me corroe y no me permite ver como Jesucristo ve a los demás, necesito detenerme y reflexionar sobre lo que Dios me esta pidiendo.    Cuantos coordinadores, líderes, agentes de pastoral y toda la cristiandad necesitan escuchar este mensaje y aplicarlo y para esto se necesita la humildad, ser pobres de espíritu donde reconozcamos que no somos grandes ni mucho menos perfectos, al contrario comencemos a reconocer que el mundo no gira a nuestro alrededor, que no podemos ser autosuficientes, que no somos “YO” el Mesías sino que aprendo a decir las palabras del propio Juan el Bautista “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).

Es muy lamentable ver como pequeños grupos parroquiales se dejan dominar y paralizar por la envidia y no dejarse guiar por el espíritu que trae paz, armonía y sentido de trabajar en comunidad.  Estos grupos son tóxicos para la vida parroquial ya que ellos mismos se destruyen e infectan a los demás, siempre una persona envidiosa es una persona negativa.  En el evangelio de Mateo Nuestro Señor Jesucristo nos dice que hace a una persona impura “Lo que hace impura a la persona es lo que ha salido de su propio corazón. Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral. Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona.” (7, 20-22) La envidia corroe el corazón y destruye la paz del grupo y por ultimo causa división en la propia comunidad.  La envidia es considerada pecado capital porque va ligada a otros pecados como los celos, la codicia, la avaricia etc…

Cuando una persona dentro de un grupo parroquial comienza a imponer ante los demás violenta la dignidad de las demás personas, ya que en la Iglesia necesitamos aprender a trabajar no imponiendo sino proponiendo.  Un ejercicio que es eficaz para vencer la envidia en nuestros corazones es el siguiente, mi director espiritual me recomendó lo siguiente “Cuando tengas conversación o veas a alguien trata siempre de grabarte en tu corazón que al que ves es a Jesucristo y con quien conversas es con Jesucristo”.  Reconozco que esto no ha sido fácil para mi el de ser intencionado y de llevar esto en mi corazón pero vaya que me ha ayudado, obviamente celebrando los Sacramentos es una gracia que necesitamos por que yo solo no puedo, necesito la ayuda de Dios para que así el pasaje de proverbios se quede grabado en mi interior “La paz del corazón fomenta la salud, pero la envidia corroe los huesos” (Prov. 14,30).

AH