bHoy me detengo en otro pasaje bíblico que nos deja mucha enseñanza, y la belleza de los evangelios es que a pesar de que fueron redactados casi dos mil años atrás, la palabra de Dios continua hablando y dando vida, siguen transmitiendo mensaje de vida eterna.  La lectura bíblica que quisiera detenerme es el pasaje del evangelio de Marcos 10,46-52, la narración del ciego Bartimeo.  El nombre Bartimeo  es el único nombre que Marcos evangelista da aun personaje excepto por Jairo (Mc 5,22).  La palabra “bar” proviene del arameo que significa “hijo” por lo tanto hijo de Timeo—Bartimeo.   Es obvio que este pasaje es una historia milagrosa, pero lo mas importante no es tanto el milagro sino la esencia de este relato que para todo Catequista/discípulo debe comprender, es un Diálogo de fe que conduce a un diálogo de Amor y sucesivamente a un diálogo de esperanza, entre Jesus y Bartimeo.

Si lo vemos con estos ojos, con esta perspectiva, entenderemos el por que digo que esto es un diálogo de fe.  ¿Cuántas veces nos vemos como Bartimeo sentados junto al camino? Es decir, vemos que la vida nos pasa, celebramos cumpleaños, fiestas, eventos pero estos se vuelven rutinarios y pierden el sabor de celebración.  Muy a menudo catequistas me dicen que a veces sienten que pasan los años y se acuerdan de haber asistido a un miércoles de ceniza, cuaresma pero que a veces espiritualmente se sienten estancados, que no hay crecimiento, esto mismo pudiera significar el estar ciegos como Bartimeo y sentados junto al camino, vaya paradoja mientras vemos la vida pasar enfrente de nosotros.

Lo interesante es que Bartimeo invoca la ayuda de Jesus, reconoce que hay alguien mayor que el aunque no lo pueda ver, y ¿no es esto propiamente los ojos de la fe? Pero el pasaje nos relata que muchos le pedían que se callara, y ¿no sucede precisamente lo mismo con nuestra vida de oración? Reconocemos a Cristo con los ojos de la fe, pero a veces los mismos ruidos, experiencias de la vida, los ismos de la vida, los golpes de la vida nos dice lo contrario, que nos callemos, que dejemos de molestar, que nos estemos quietos.  La Iglesia, querido catequista/discípulo no puede quedarse quieta, por que si lo hace se queda ciega.  Lo hermoso es que el Espíritu Santo nos impulsa a movernos, a que gritemos como Bartimeo “Hijo de David, ten compasión de mí”, la humildad ante todo virtud que todos los catequistas/discípulos debemos tener.

Pero la historia no termina allí, al contrario nos acercamos al clímax, se nos relata que “Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle.» Llaman al ciego, diciéndole: «¡Ánimo, levántate! Te llama.» Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino ante Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?» El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!» Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.»  Este encuentro ha sido un dialogo de fe, si nos damos cuenta necesitamos personas que nos digan “Animo, levántate, te llama” a lo cual conduce a Bartimeo a un dialogo de amor, ya que el Señor no lo condena y esto mismo lo lleva  a un dialogo de esperanza ya que le siguió por el camino.  La fe conduce a un camino, pero no cualquier camino, sino caminar con Jesus, a la crucifixión para después resucitar con El.

AH

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