“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50).  En la entrada anterior pulse aqui,  mencionaba la virtud de la humildad como parte esencial del propio catequista/discípulo del Señor.  En la lectura del Evangelio de Mateo 12,46-50 es interesante la reacción de Jesús al señalar que tanto los marginados como los excluidos tenían que ser incluidos como parte de la familia de Dios.  Las familias no podían continuar cerrándose en si mismas como solían hacer durante las doce tribus de Israel que las identificaba como el Pueblo de Dios.  El Señor es muy claro en que cualquiera que lo quiera seguir, tendrá que tener en cuenta que El llama a todos, por lo tanto el verdadero discípulo no se puede quedar estancando, encerrado e inclusive dormido.

Es muy fácil notar que hay personas dispuestas a seguirlo pero sufren de parálisis espiritual, no crecen ni dejan crecer a los demás y suena duro decirlo pero más bien estorban.  Estas personas no han aprendido a ser auténticos discípulos y cito el Directorio Nacional para la Catequesis “A causa de su bautismo, los cristianos debemos ser líderes ‘servidores’, a quienes Jesús desafió que fuesen sus discípulos.”[1]

El discípulo es aquel que cumple la voluntad del Señor, ¿Pero cual es la voluntad del Señor?,  Los evangelios nos dan la respuesta para discernir cual es la voluntad del Señor, Jesús de diferentes maneras dio a conocer cual era esa voluntad, por ejemplo “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, 45 para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos” (Mt 5,44).  “Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía (Lc 22,19). Hay tantos ejemplos, que para no aturdirlos solo he mencionado dos, uno muy general y el otro más especifico dentro de la vida litúrgica de la Iglesia.

Para concluir, el autentico discípulo se mantiene por medio de los sacramentos, mediante la oración continua, mediante la meditación de la Sagrada Escritura, mediante el servicio caritativo pero sobre todo se mantiene cuando aprende a suscitar y mantener en la profundidad de su corazón la llama viva de su Amor, en una intima relación con El y comparte ese amor con su hermano, hermana y madre.

AH


[1] Cf.  USCCB, Directorio Nacional para la Catequesis, (Washington,D.C.: USCCB, 2005), p.187.