Les comparto esto que escribió el Padre Juan José Saldaña Valadez y con su autorización.

Miguel Arias Gutiérrez murió, mejor dicho, se nos murió. Así son las cosas: el panteón está lleno de gente indispensable. Miguel, “el Pina”, era de esos. Aprendió todo en la vida a punta de garrotazos que él transformó en palmadas cálidas y tiernas para todos los demás. “Los demás” somos los que lo conocimos, los privilegiados. Escribía Giovanni Papini que al morir nuestros padres nos quedamos huérfanos, al morir la esposa  quedamos viudos, pero que al morir un hijo no existe nombre para eso. Un padre que pierde un hijo no adquiere un nombre que lo defina: es tan grande el dolor que no hay siquiera con qué nombrarlo. ¿Y los que perdemos a un amigo cómo nos llamamos? Tampoco hay nombre, el sentimiento y la tristeza lo son todo.

Me gustaría escribir un manual que podría llevar por título “Cómo aprender a vivir y no morir en el intento”. Lo escribiría, lo publicaría y lo regalaría a todos mis seres queridos. Se lo hubiera dedicado a Miguel Arias.  Pero sería inútil. De todos modos se hubiera muerto Miguel y de todos modos me voy a morir yo.

Todos sabemos que nos vamos a morir, con excepción de los niños y los tontos. Los locos saben que morirán por eso se cuidan mucho. No hay locos temerarios. Los “loquitos” de nuestros pueblos duraban mucho.

El problema no es mi muerte, sino la muerte de aquellos a quienes yo amo. El problema no es mi muerte silenciosa, sino el silencio que dejan mis muertos. El problema no es lo que ha sido, sino aquello ya no será más: sus pasos, sus voces, sus risas, sus llantos, sus fastidios, sus hábitos, sus manías, su ausencia por un tiempito frente a su ausencia para siempre. El problema es la muerte de Miguel, de Miguel Arias.  Y la muerte de su teléfono celular, de su correo electrónico, de sus cartas impecables, de su prosa exacta, de sus poemas esenciales…la muerte de su voz poderosa, de su sonrisa fiel donde asomaba todo el corazón, todo el corazón de su corazón.

“Vente a Chicago”-, me dijo un día Miguel cuando ya no le quedaba mucha esperanza a mis zapatos. Miguel tenía la “mala” costumbre de dar la vida por sus amigos. Y me fui a Chicago. Eché en mis maletas esas cosas que a Miguel le causaban tanta risa: mis jabones y mi alma en perpetua fuga. “Vente, cuando llegues ya veremos”-, sentenció con la extraña autoridad de los limpios de corazón. Y llegué a Chicago.

Al llegar al aeropuerto descubrí que Miguel no estaba. Me había prometido alfombra roja, (sin duda para que no se notara que yo llegaba desangrando mi alma sacerdotal). Sólo apareció Martín Atilano, quien 19 años atrás había recibido a Miguel, quien 19 años atrás le había conseguido a Miguel sus primeros empleos y le había obsequiado una bicicleta para ir a trabajar. Martín me dijo: “Miguel está en el hospital”. Le pedí entonces que fuéramos de inmediato a ver a Miguel, pero que antes debía ir al baño. Frente al espejo contemplé mi rostro y recordé algo leído por mí no hacía mucho: “Su cara (en este caso mi cara) era como el de una fiesta de la cual ya se han ido todos”.

La penúltima vez que hablé con Miguel me dijo: “Juanjo, llévate mi bicicleta, está en la cochera”. Hablaba con dificultad y ya sólo le quedaba un resto de alma pegada a los huesos. La tarde (¡siempre esas tardes!) caía detrás de la ventana de la casa de Miguel. Tarde sin sol y sin sal. Sin color, sin sabor. Yo le contesté: “Miguel, tú quieres que me dé en la madre, porque cada que me suba a la bicicleta no voy a parar de llorar”. Miguel Arias sonrió en cámara lenta.

El día que Miguel se nos murió, yo lo visité una vez más por la tarde. Entré a su habitación con sigilo sacramental. Sintió mi presencia y abrió lentamente los pocos ojos que le quedaban. Dos ángeles, uno de cada lado, le estiraron con ternura los extremos de sus labios para regalarme una sonrisa. Él ya no tenía fuerzas, para todo necesitaba ayuda.

De quién sabe dónde sacó unas palabras y me preguntó su pregunta recurrente de las últimas semanas: la pregunta acerca de mi futuro. Yo le consté: “Todo está bien, las cosas ha sucedido como esperaba, la vida me sonríe, soy feliz, tengo ánimos, dos más dos ya dan cuatro en mi cerebro, y ya amueblé mi corazón”. No sé si me creyó, no lo sé, pero tampoco creo que sea pecado echarles algunas mentirillas bonitas a los moribundos.

Lo bendije. Cerró sus ojos con piedad y devoción. Me dio su mano. La sujeté con temblor. Lo miré (sabía que era la última vez). En silencio le hice algunos encargos: saludos a tu mamá, al Cardenal Bernardin, al padre Oscar Alejandro, a mi abuelo Juan, a mi tío Jorge. Giró su cabeza y fue entonces que le dije: “Adiós Miguel”.

Me dirigí a la puerta de su habitación y poco antes de salir me dijo: “Diles que me traigan agua”. Abrió sus ojos y me miró. El tiempo y el espacio se fueron para dejarnos a Miguel y a mí solos. Frente a frente, con la última mirada sostenida, lo pude ver en su escuelita rural, los últimos años de su vida, dando clases a niños pobres. Ese era su sueño. Hay sueños que se cumplen, otros no. No me pregunten por qué. Así esto de vivir.

A media noche me avisaron que había muerto Miguel. Pensé entonces: él ya despertó, yo seguiré soñando.

Por cierto, Miguel me enseñó que sólo es válido apoyar causas perdidas. “A mí sólo me atrae lo imposible”- solía decir Miguel Arias. Tal vez se refería a ese asunto de la felicidad.

P. Juan José Saldaña Valadez.