Haciendo Eco de la Palabra de Dios: Desafío fundamentalista 2
por Adrián Alberto Herrera

En el primer artículo mencionaba que el Directorio para la Aplicación de Principios y Normas sobre el Ecumenismo publicado por el Vaticano en 1993 nos daba tres pautas importantes al momento de entrar en una conversación con alguien que no profesa mi creencia especialmente a las personas que comúnmente llamamos “hermanos separados”, que considero son puntos importantes por considerar:

1. El conocimiento de la Escritura y la formación doctrinal son necesarios desde el principio, junto con el conocimiento de la historia y de la situación ecuménica en el país donde uno vive. (no. 57ª).

2. El Papa Paulo VI dijo “nosotros debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad”. (no. 60)

3. Respeto por la convicción personal y conciencia de cualquier persona. (no.87e)

Por lo tanto, para poder hablar de una apologética necesitamos entender que es la apologética. Según la definición que dan muchos diccionarios la palabra απολογία (apología) designa la posición de defensa o justificación, es decir un discurso de palabra o escrito en el que se trata de defender a una persona, una creencia que esta generalmen-te sometida a una controversia. Las primeras apologías que tenemos dentro de la literatura son como la Apología de Sócrates escrito por su alumno Platón o los escritos de San Justino Mártir hasta escritores más contemporáneos como la Apología Pro Vita Sua escrito por el Beato Juan Cardenal Newman. Usted pudiera preguntar ¿Pero que hacer con la apologética? ¿Quisiera contestar a todos sus reclamos y quisiera defenderme ante tales acusaciones? ¡Necesito saber como la Iglesia responde a esto!

La recomendación es la siguiente, si el enfoque es tratar de contestar para dejar callados a nuestros hermanos separados o si su objetivo es conseguir municiones para tener su armamento equipado y listo para disparar en el momento que se necesite, entonces reconsidere que el enfoque no es el correcto. Es suficiente leer Mt 7, 1-2 “No juzguen, para que Dios no los juzgue; porque Dios los juzgará del mismo modo que ustedes hayan juzgado y los medirá con la medida con que hayan medido a los demás”. No se trata de utilizar la apologética con el objetivo de recriminar, si no más bien se trata primero de conocer, crecer y amar lo que uno cree, vive y profesa. Para esto se necesita un estudio diligente, serio, y organizado. Es ilógico defender lo que no se conoce, se ama o se vive.

Consiguientemente, una apologética sana y saludable su enfoque tiene que estar enraizado en el mandamiento nuevo “Ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros. Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13,34-35). Y segundo, su base es la actitud de la persona, una persona que sea creyente, flexible, abierta, con sentido pastoral y que sinceramente busca la verdad para poder evangelizar y enamorar a los demás de Jesucristo por medio de su Iglesia, no por medio de recriminaciones o utilizando palabras que hieran o dividan, o que les haga ver sus carencias, errores o fallas, sino mostrando la gran riqueza que tiene la Iglesia Católica y que quiere compartir esto con los demás (cf. Mt 13, 44-46). Obviamente, necesitamos las bases, necesitamos conocer la fe, ¡claro que si! por medio del estudio la persona se prepara para conocer los fundamentos de la fe Cristiana Católica y a la vez prepara a las personas como atenuar o disminuir las diferencias que tenemos con nuestros hermanos cristianos que no son católicos en vez de incrementar las divisiones que tenemos con ellos. El enfoque y la actitud van de la mano, con esto ayudara a impulsar un nuevo brío en el campo del ecumenismo y así cumplir el anhelo de Nuestro Señor “Que todos sean uno lo mismo que lo somos tu y yo” (Jn 17,21).

En los próximos artículos estaré dando más recomendaciones y recursos de apoyo que la Iglesia ofrece ante este desafío fundamentalista. †

AH